domingo, junio 11, 2006

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martes, diciembre 06, 2005

Campeón de natación

Ignacio nació para la competición. A los quince años tuvo que marcharse a una captial de provincia a entrenar seis horas al día en una piscina profesional. Entrenador personal, masajista, psicólogo, todo lo que un futuro nadador profesional necesitaba. Ignacio nunca habría podido imaginarse cuando su padre lo inscribió en clases de natación que llegaría algun día a encontrarse en tal situación.

Juan, el padre de Ignacio, había sido nadador profesional en su juventud. Plata en un mundial, tuvo que retirarse por una tendinitis crónica en su hombro derecho. Juan veía en su hijo el vivo reflejo de si mismo en sus años mozos.

Ignacio siempre quiso tocar la guitarra, pero nunca le compraron una. Quiso salir de fiesta hasta las tantas de la mañana. Nunca se lo permitieron. Todos los regalos eran complementos deportivos. Videos deportivos. Máquinas de musculación. Todas las salidas eran hasta pronto, toda la comida era sana. Todo lo que hacía era supervisado por su padre.

Juan siempre estaba atento por el futuro prometedor de su hijo. No escatimaba gastos en cuestiones de deporte. No descuidaba ningún detalle a fin de que Ignacio no se saliese de la via de agua en la que se encontraba.

Ignacio se enamoró de Rosa, que vivía en su ciudad natal.

Juan obligó a Ignacio a marchar al centro de alto rendimiento de aquella lejana capital de provincia.

Ignacio dijo que no.

Juan sijo que sí.

Ignacio se fue un día a la playa, enfundado en su malla de natación, su ridículo gorro de plástico y sus gafas Speedo. Se zambulló en la orilla y nadó y nadó mar adentro durante horas. Estilo libre era su especialidad.

Juan se alertó ante el aviso de desaparición por parte de los responsables del centro de alto rendimiento.

Ignacio nadó todo lo que pudo hasta que se puso el sol. Su cuerpo se hundío en el fondo del mar, al igual que las lágrimas de desesperación de Juan en los surcos de sus mejillas.

jueves, noviembre 24, 2005

Lavadoras

Nadie sabe bien como empezó a levantarse la gente. El caso es que, tras varias semanas de floreciente primavera, la gente salió a la calle. Cierto es que tiempo atrás ya se advertían comentarios de indignación en ciertos grupos de solteros. El tema no era nuevo. Al comienzo de la primavera, las parejas no reparan en achuchones gratuitos en cualquier parte. Besos que no vienen a cuento, cariñitos sorpresa delante de todos los amigos, escarceos en el césped cual jabatillos en el prado. En fin, comportamientos al fin y al cabo que causan el estupor de cualquier soltero solo y solitario. Al igual que el capitalísmo, el amor ha terminado dividiendo la sociedad entre gente que la tiene y gente que no -pareja-. Y no hay nada peor que comerte un bocadillo a boca llena delante de alguien que tiene hambre acumulada. Pues la primavera llegó. Y los solteros, hastiados de tanta muestra de afecto gratuito en sus narices, se han levantado en lavadoras. Y digo en lavadoras porque, una vez declarada la guerra contra la luminosa primavera y los que a su luz demuestran el amor, han decidido arrojar lavadoras por las ventanas de sus casas. Las aceras están colapsadas. Amasijos de metal se retuercen con pedazos de carne que empiezan a podrirse. Nadie con pareja sabe por qué han decidido tirar sus lavadoras por la ventana. Claro que sólo un soltero sabe lo que pasa por la cabeza de un soltero. Lavadoras contra la soledad, quién lo diría. Aunque mirándolo por el lado bueno, aun solos y amargados no han perdido ese toque de originalidad. Lavadoras contra el amor en primavera. Sería un buen título para una canción pop. Seguro que este hecho marca un antes y un después en la historia de las revoluciones sociales. Pero lo más inquietante es la siguiente cuestión: cuando el sindicato de lavanderos tome la calle, ¿arrojaran sus corazones por las ventanas? En fin, voy a tirar el tabique, porque las ventanas de estos pisos antiguos del centro de Madrid no dan ni para lanzar el microondas.

sábado, noviembre 12, 2005

La táctica

La penúltima historia de amor-morcilla de Ramón podría resumirse en este pequeño relato:
Se pasó todo el tiempo jugando a pelearse -con ella-. No había momento en que no le soltase un dardo venenoso a modo de improperio. No dejaban espacio para la paz. Y lejos de sentirse agredida, ella respondía al juego del despropósito: llamándolo imbécil, tirándole de mesa a mesa un cuscurro de pan, sonriéndole con la lengua fuera cuando solo él la veía. Un festival de la rabieta.

Todo era un juego. Ambos lo sabían. Lo que desconocian era cómo salir de él.

Pasó el tiempo y establecieron la pelea continua como pilar básico de la relación. Relación que, por otra parte, nunca paso del mero enfrentamiento dialéctico.

Es probable que si él se hubiese decidido a darle un beso a traición, las cosas hubiesen cambiado de color. Pero no, nunca supo cómo. Fue incapaz de salirse de las normas del juego.

Otra relación que se queda en el limbo de las relaciones-aborto.

Al final ella se lio una noche con un chico, ayudada por una tremenda borrachera. Chico que se convirtio en su novio y, años más tarde, en su marido. Solo entonces -cuando ella se lio con el mozo- el juego del insulto acabó, y la relación con Ramón se volvio llana y sosa. Ahi es cuando Ramón se maldijo y entendio que sí, que su intuición le decía lo correcto, que alli pasaba algo, que ella sentía cosas. Que el juego no era gratuito. Que podía haber llegado a más. Pero se fue el tren, amigo Ramón. Otro señor más avispado ha jugado mejor sus cartas.

De ésto nunca se aprende. Ya le pasó lo mismo tiempo atrás con Julia: érase una chica -Julia- a la que empezó a dar clases de guitarra y con la que terminó haciendo un grupo de flamenco jazz -el rollito musical dicen que siempre funciona bien-. Y ella terminó liandose en un concierto de aquellos de garitos enanos que apestan a tabaco con un rastafari que venía de Madagascar. Con sus músculos fibrosos de rastafari malgache y ese encanto propio del hombre desconocido, hombre de mundo, que a priori puede aportar ese millón de cosas que ella sueña que un alguien le brinde algún día. Igual que la impresión que daba Ramón la primera vez que le enseñó a digitar el acorde de La.

Y pasó lo mismo con aquella chica con la que jugó una vez en la facultad al mús, que hizo su pareja de mús, que besó aquella noche después de beberse veinte cervezas y con la que, a día de hoy, solo se atreve a llamar para jugar al mús.

Para más información, aconsejamos releer las historias siguientes: Ramón y la chica otaku. Ramón y su aficción al teatro independiente. Ramón el escritor de fancines. Ramón el ilustrado y la quiosquera que le vendía el periódico. Ramón y la cajera del Caprabo.

Tácticas hay muchas y a cual más mala: al final la táctica es mierda, y solo vale simple y llanamente esa cadena de aciertos inconscientes necesarios para que las cosas salgan bien. Que son los que son -los pasos necesarios-. Estan ahi, delante de tus narices. Si los haces, uno tras otro, has ganado.

Decía Ramón con mucho pesar y una copa de Pampero en la mano:
Yo soy de planificar, y asi me luce el pelo. Creo que mi colección de relaciones-pústula se cuentan por puñados. Y sortear este camino es complicado, pues me he descubierto a mi mismo planificando cómo desplanificar mis momentos como don juan.

Muchas cosas me gustaban de Ramón. Cuando lo conocí en el curso de dibujo al natural me dio la impresión de ser un tio muy vivo e interesante. Pero resulta que no es tan original como yo pensaba. Ahora le ha dado por hablarme de sus antiguas relaciones. Me hace sentir desubicada. No sé que decirle. O está amargado o intenta hacerse el interesante conmigo. Son tantas las desdichas que me cuenta que a veces parece que se las invente. Con lo bien que había empezado todo... Va a ser hora de irse a casa. Esta noche no da para más. Que coñazo de tio. Vaya pérdida de tiempo. Y encima me han cerrado el metro...

miércoles, agosto 17, 2005

Peces de ciudad

Cándido volvía a casa antes de tiempo. Una revisión rutinaria de todo el equipamiento informático en la oficina le había permitido salir tres horas antes del trabajo. Antes de volver a casa, decidio darle una sorpresa a su novia. Una hora más tarde, Cándido paseaba alegre con una pequeña pecera de cristal en la que nadaban dos peces de colores, antes habitantes de una multitudinaria pecera en una tienda de mascotas. - Se llamarán Cándido e Isabel, como nosotros- pensó justo antes de abrir la puerta de la casa.

Al entrar, ubicó su gabardina en el perchero. -Isabel está en casa, sus llaves están en la mesita de la entrada- observó con una mueca de ilusión. Sigiloso, a modo de sorpresa, Cándido se acercó a la habitación con la pecera en la mano. A un metro de la puerta de su cuarto, Cándido alcanzó a oir una serie de gemidos extraños. Abrio intrigado la puerta y encontro a Isabel cabalgando a un señor de musculadas proporciones. La pecera cayó súbita en el suelo, rompiéndose en mil millones de pedazos.

Sólo sobrevivio uno de los dos peces de colores.

martes, agosto 16, 2005

Conociendo a... Jose María Fonollosa

Me gusta Fonollosa. Supe de él por un disco de Albert Plá - Supone Fonollosa- en el que musicaba poemas de este hombre.

Acabo de leer un libro suyo y me parece genial. Es poesía urbana, directa y sin grandes accesorios. Y conecta con pensamientos que tengo en algunas ocasiones -no todas-. El libro está escrito desde una visión cruda y sin remordimientos de la vida, una pose de tipo duro que usa Fonollosa en este libro para tratar temas delicados -como puede ser el asesinato o las drogas- sin ninguna impunidad.

Me gusta su estilo y la poética de las situaciones amargas que plasma en sus poemas.

En cuanto al disco de Albert Plá, mejor leed los poemas. Para mi, la música que les puso no aporta nada, la verdad. El disco es mediocre - exceptuando un par de canciones-.

Aqui pongo tres poemas que de su libro 'Ciudad del hombre, New York' - que es el que acabo de leer-.


WEST 35TH STREET

¿Por qué sigo empeñado en encontrar
la mujer que imagina uno en su mente?
Y, además, ¿es que existe esa mujer?

Muchos ya descubrieron al principio
que esa mujer no existe. Al darse cuenta
buscaron al azar una cercana.

Renunciaron al sueño y se adaptaron
a una pequeña dicha y su tristeza.
La vida no da más, seguramente.




WILLIAM STREET

Las mujeres que quiero van con otros.

Cuando pasan prendidas de otros brazos
miro a la que se apoya en mí y compruebo
que yo me he equivocado de mujer.
La gracia enrojecida de una risa,

el rumor tembloroso de un silencio,
la mirada furtiva que nos dice
que está la dicha allí, en aquellos ojos...
Esas cosas descubro sólo en otras.

Yo sé que lo que anhelo no anda lejos:
veo como ellas pasan de otros brazos.
Y trato de encontrarlo, incluso en ellas.
Mas siempre me equivoco de mujer.

Las mujeres que quiero van con otros.




AVENUE OF THE AMERICAS

Podemos elegir entre estar juntos
y hacernos mutuamente desgraciados.

O separarnos ahora y ser también
cada uno por su lado desgraciados.

domingo, agosto 14, 2005

Nosequé

La chica alta decía: ' A veces me gustaría ser más baja. La gente me mira con respeto, como un bicho raro. Noto que los arrumacos que les dan a las demás chicas no me los dan a mi por mi altura. Sí, siento envidia. Y da igual mi personalidad - de la que estoy muy contenta-. A ellos les gustan bajitas con personalidad, o bajitas cariñosas o tontas simplemente.

La chica bajita decía: ' En ocasiones siento que no existo, que todo el mundo me ignora. Es un infierno encontrar ropa decente. Los chicos buscan a chicas más altas, más exhuberantes, aunque por regla general, suelen ser tontas. Es una putada esto de ser tan pequeña.

La chica neumática estaba harta de que solo se le acercasen chicos por sus dos tetas bien puestas, y confesaba sentirse un poco sola. Además, estaba desengañada: los cinco últimos chicos con los que estuvo solo la querían, básicamente, para follar.

El chico simpático estaba cansado de tener amigas que se interesaban por su vida, lo apoyaban y les confiaban sus secretos -los más íntimos incluso-. ¡Qué demonios, él quería follar!

Ella lo quería a él, y cuando lo tuvo, se lio con el otro. Y el otro, que la rondaba por activa y por pasiva, la dejó cuando sintio que la tenía en sus manos. Y los tres se quedaron como al principio, sedientos de nosequé.

Si no hubiese nada que culpar de nuestros males, descubririamos el mundo tal y como es: un espacio vacío sin asideras a las que agarrarse. Vivimos buscando nosequé. Y el nosequé nunca llega, porque es su búsqueda lo que da sentido nuestras vidas. Y mientras no lo conseguimos, le echamos la culpa a ciertas cosas para sentirnos un poco mejor, para autoconvencernos de que las cosas tienen sentido, y que las asideras existen.

Pero no, no hay sitios donde agarrarse. Solo hay vacio. Y suerte -buena o mala-, quizá.

El amor: ¿nace o se hace?

A veces pienso que buscar enamorarse es una imbecilidad. Claro que esperar a que llegue el amor -ese espontaneo y maravilloso de las películas- tampoco es una estrategia ganadora. Tampoco creo que las parejas que inundan los parques en primavera sean fruto de la más absoluta de las espontaneidades. Y sé que hay mucho buscador/a de amor suelto por ahí.

A veces pienso demasiado, y lo que en realidad pienso es que algo se me escapa como fina arena de playa entre los dedos.