Supuesto A: En situaciones en las que estoy contento -optimista quizá-, y mantengo una charla cómplice con alguien que aprecio, soy dado a mostrar a la gente sus propias bondades -las que yo percibo-, aquellos aspectos sobre si mismos que minusvaloran y deberían guardar como oro en paño. Hasta aquí todo bien. En principio, esta tendencia natural mía es positiva en si misma, y nada malo puede derivarse de ella.
Supuesto B: En situaciones en las que estoy contento -contentillo quizá-, y me hallo rodeado de amigos y gente con la que lo paso bien, soy dado a beber. Y cierro jovialmente todos los bares, pubs y demás garitos que pueda cerrar. Y bebo todo aquello que se pueda beber. Siempre con alegría. Siempre con desmesura. En muchas ocasiones algún venturoso me acompaña en mi periplo, codo con codo, y es como un extraño hermanamiento, una noche mística. Siempre termino fatal y desayunando en el bar de abajo. El día siguiente es criminal -la ginebra no perdona-. En principio, esta tendencia natural mía es positiva en si misma -obviemos el daño físico que el alcohol provoca-. Fomenta las relaciones sociales, reafirma las amistades existentes y libera la mente que se ahoga cautiva en nuestra sobriedad. Nada malo puede derivarse de ella.

Contradicción: En situaciones en las que estoy en el supuesto B - y en el A quizá-, un abismo en mi interior se agranda,
un hueco imposible de llenar se genera. Me pregunto qué falta, y
la respuesta es silencio. Analizo pausadamente -cuando pido una copa, cuando estoy en el baño- qué sucede, qué va mal. La respuesta es silencio. Al día siguiente hay una actitud de premeditada indiferencia entre yo y mis pensamientos de la noche anterior.
En principio, esta tendencia natural es destructiva en si misma, porque construye momentos mágicos y placenteros a costa de socavarme un poco -uno no llega a saber bien el por qué-. Al final, termino diciéndome a mi mismo '¡melón!, deja de pensar en imbécilidades' y el hueco se va cerrando, el abismo desaparece y pasado 2 días ni rastro de la resaca.
Pero él sigue ahí. Ese hueco cabrón me vigila...