Hace tiempo que dejé de confiar en los políticos. Siempre enzarzados en disputas partidistas, dedican su tiempo a alimentar confrontaciones ficticias. Supongo que hacen muchas cosas por la ciudadanía, pero no soy capaz de percibir su efecto de forma inmediata. Y es por ello que los políticos me aburren y poco a poco van dejándome de interesar. Pero hoy se ha tomado una decisión política que despierta enormemente mi interés: se ha suspendido, por ley, el domingo por la mañana.
Es vox populi que un domingo por la mañana es un pequeño infierno condensado. No hay nada que hacer. La televisión es un asco, te levantas con una pereza plomiza y, desde que pones el pie en el suelo, tomas conciencia de que el lunes, ese día que coloca a cada uno en su rutina diaria, se oculta agazapado a la vuelta del minutero.
Los domingos por la mañana son estériles, producen polvo y melancolía. Son catalizadores de un sentimiento de apatía que se ve intensificado por la imagen de ese cardenal que reza en latín en la televisión. Pues bien, como medida populista, tras múltiples estudios estadísticos -según la oposición, no efectuados con el rigor necesario-, y concluyendo que el grueso de la población detesta el alba de los domingos, a fin - apostillan los de la oposición - de granjearse votos facilones en las próximas elecciones, el partido gobernante ha decidido suprimir de nuestras vidas el domingo por la mañana.
Para tal fin, han estimado que las horas de máxima desesperación matutina son las comprendidas entre las 10:00 AM y las 5:00 PM del día en cuestión. Teniendo un total de 7 horas estériles, se ha decidido por consenso alargar en una hora cada uno de los días de la semana (el propio domingo inclusive), terminando oficialmente el día a las 24:59 h. Esto no produce ninguna molestia grave a nivel internacional, ni en el cómputo de los meses, años y demás hitos del calendario, pues las semanas siguen conservando las mismas 168 horas de toda la vida. Para no entorpecer mucho el funcionamiento de las instituciones, se concluyo que era conveniente agregar esa hora al final del día, para no encontrar problemas con la multitud de sistemas informáticos que sostienen el quehacer diario de nuestro pais. 'Con retrasar cada día bien temprano nuestro reloj en una hora, podremos aguantar hasta que se active la batería de medidas tecnológicas que el gobierno tiene preparadas para compensar este desajuste horario' decía esta tarde el ministro de ciencia y tecnología. Asi pues, el nuevo domingo versión reducida comienzará a partir de ahora a las 5 de la tarde del antiguo domingo, y durará exactamente 17 horas.
No son pocos los problemas que esta medida plantea. El sistema de ahorro de energía que impera en la unión europea se puede ver seriamente dañado por esta iniciativa, asi como los horarios laborales de ciertos sectores de la población. El gremio de kiosqueros, panaderos, la asociación de amigos del rastro, la Santa Sede y un sinfín de instituciones se han declarado en pie de guerra contra esta iniciativa. Se están preparando sonadas movilizaciones.
La oposición considera esta medida una locura, que según ellos producirá pérdidas millonarias en la economía estatal, una importante bajada del poder adquisitivo de los particulares y trastornos en el sueño en la población. El partido en el gobierno asegura que tales efectos monetarios no llegaran a producirse. Acusa a la oposición de alarmismo, igual que el generado por el 'efecto 2000'. Sobre los transtornos en el sueño, la ministra de sanidad apuntaba en tono jocoso ayer: 'si los finlandeses aguantan seis meses de noche y seis meses de pleno día, no vamos a aguantar los españoles un par de días a la semana en los que amanece más temprano y el sol se ponga un poco antes'. Los dueños de locales de ocio nocturno se frotan las manos: con un poco de astucia, podrán conectar con habilidades de trapecista la noche del sábado con la del domingo, en maratonianas fiestas de pingües beneficios.
Yo por mi parte estoy contento. Me da igual que perdamos dinero, que no se puedan celebrar misas matutinas o que mis ciclos de sueño se vean mancillados. Todo lo compensa la certeza de que nunca más tendré que verme sentado en el maldito sillón un domingo por la mañana, cambiando de canal como un poseso mientras un rayo de sol me calcina la cara. No más mañanas resacosas de domingo en las que mi único entretenimiento es pensar en algo que me salve de esa muerte mañanera. Ya no más, se acabó. Los domingos por la mañana han dejado de existir. Con cosas así, voy a empezar a creer otra vez en la política.