Lavadoras
Nadie sabe bien como empezó a levantarse la gente. El caso es que, tras varias semanas de floreciente primavera, la gente salió a la calle. Cierto es que tiempo atrás ya se advertían comentarios de indignación en ciertos grupos de solteros. El tema no era nuevo. Al comienzo de la primavera, las parejas no reparan en achuchones gratuitos en cualquier parte. Besos que no vienen a cuento, cariñitos sorpresa delante de todos los amigos, escarceos en el césped cual jabatillos en el prado. En fin, comportamientos al fin y al cabo que causan el estupor de cualquier soltero solo y solitario. Al igual que el capitalísmo, el amor ha terminado dividiendo la sociedad entre gente que la tiene y gente que no -pareja-. Y no hay nada peor que comerte un bocadillo a boca llena delante de alguien que tiene hambre acumulada. Pues la primavera llegó. Y los solteros, hastiados de tanta muestra de afecto gratuito en sus narices, se han levantado en lavadoras. Y digo en lavadoras porque, una vez declarada la guerra contra la luminosa primavera y los que a su luz demuestran el amor, han decidido arrojar lavadoras por las ventanas de sus casas. Las aceras están colapsadas. Amasijos de metal se retuercen con pedazos de carne que empiezan a podrirse. Nadie con pareja sabe por qué han decidido tirar sus lavadoras por la ventana. Claro que sólo un soltero sabe lo que pasa por la cabeza de un soltero. Lavadoras contra la soledad, quién lo diría. Aunque mirándolo por el lado bueno, aun solos y amargados no han perdido ese toque de originalidad. Lavadoras contra el amor en primavera. Sería un buen título para una canción pop. Seguro que este hecho marca un antes y un después en la historia de las revoluciones sociales. Pero lo más inquietante es la siguiente cuestión: cuando el sindicato de lavanderos tome la calle, ¿arrojaran sus corazones por las ventanas? En fin, voy a tirar el tabique, porque las ventanas de estos pisos antiguos del centro de Madrid no dan ni para lanzar el microondas.