jueves, noviembre 24, 2005

Lavadoras

Nadie sabe bien como empezó a levantarse la gente. El caso es que, tras varias semanas de floreciente primavera, la gente salió a la calle. Cierto es que tiempo atrás ya se advertían comentarios de indignación en ciertos grupos de solteros. El tema no era nuevo. Al comienzo de la primavera, las parejas no reparan en achuchones gratuitos en cualquier parte. Besos que no vienen a cuento, cariñitos sorpresa delante de todos los amigos, escarceos en el césped cual jabatillos en el prado. En fin, comportamientos al fin y al cabo que causan el estupor de cualquier soltero solo y solitario. Al igual que el capitalísmo, el amor ha terminado dividiendo la sociedad entre gente que la tiene y gente que no -pareja-. Y no hay nada peor que comerte un bocadillo a boca llena delante de alguien que tiene hambre acumulada. Pues la primavera llegó. Y los solteros, hastiados de tanta muestra de afecto gratuito en sus narices, se han levantado en lavadoras. Y digo en lavadoras porque, una vez declarada la guerra contra la luminosa primavera y los que a su luz demuestran el amor, han decidido arrojar lavadoras por las ventanas de sus casas. Las aceras están colapsadas. Amasijos de metal se retuercen con pedazos de carne que empiezan a podrirse. Nadie con pareja sabe por qué han decidido tirar sus lavadoras por la ventana. Claro que sólo un soltero sabe lo que pasa por la cabeza de un soltero. Lavadoras contra la soledad, quién lo diría. Aunque mirándolo por el lado bueno, aun solos y amargados no han perdido ese toque de originalidad. Lavadoras contra el amor en primavera. Sería un buen título para una canción pop. Seguro que este hecho marca un antes y un después en la historia de las revoluciones sociales. Pero lo más inquietante es la siguiente cuestión: cuando el sindicato de lavanderos tome la calle, ¿arrojaran sus corazones por las ventanas? En fin, voy a tirar el tabique, porque las ventanas de estos pisos antiguos del centro de Madrid no dan ni para lanzar el microondas.

sábado, noviembre 12, 2005

La táctica

La penúltima historia de amor-morcilla de Ramón podría resumirse en este pequeño relato:
Se pasó todo el tiempo jugando a pelearse -con ella-. No había momento en que no le soltase un dardo venenoso a modo de improperio. No dejaban espacio para la paz. Y lejos de sentirse agredida, ella respondía al juego del despropósito: llamándolo imbécil, tirándole de mesa a mesa un cuscurro de pan, sonriéndole con la lengua fuera cuando solo él la veía. Un festival de la rabieta.

Todo era un juego. Ambos lo sabían. Lo que desconocian era cómo salir de él.

Pasó el tiempo y establecieron la pelea continua como pilar básico de la relación. Relación que, por otra parte, nunca paso del mero enfrentamiento dialéctico.

Es probable que si él se hubiese decidido a darle un beso a traición, las cosas hubiesen cambiado de color. Pero no, nunca supo cómo. Fue incapaz de salirse de las normas del juego.

Otra relación que se queda en el limbo de las relaciones-aborto.

Al final ella se lio una noche con un chico, ayudada por una tremenda borrachera. Chico que se convirtio en su novio y, años más tarde, en su marido. Solo entonces -cuando ella se lio con el mozo- el juego del insulto acabó, y la relación con Ramón se volvio llana y sosa. Ahi es cuando Ramón se maldijo y entendio que sí, que su intuición le decía lo correcto, que alli pasaba algo, que ella sentía cosas. Que el juego no era gratuito. Que podía haber llegado a más. Pero se fue el tren, amigo Ramón. Otro señor más avispado ha jugado mejor sus cartas.

De ésto nunca se aprende. Ya le pasó lo mismo tiempo atrás con Julia: érase una chica -Julia- a la que empezó a dar clases de guitarra y con la que terminó haciendo un grupo de flamenco jazz -el rollito musical dicen que siempre funciona bien-. Y ella terminó liandose en un concierto de aquellos de garitos enanos que apestan a tabaco con un rastafari que venía de Madagascar. Con sus músculos fibrosos de rastafari malgache y ese encanto propio del hombre desconocido, hombre de mundo, que a priori puede aportar ese millón de cosas que ella sueña que un alguien le brinde algún día. Igual que la impresión que daba Ramón la primera vez que le enseñó a digitar el acorde de La.

Y pasó lo mismo con aquella chica con la que jugó una vez en la facultad al mús, que hizo su pareja de mús, que besó aquella noche después de beberse veinte cervezas y con la que, a día de hoy, solo se atreve a llamar para jugar al mús.

Para más información, aconsejamos releer las historias siguientes: Ramón y la chica otaku. Ramón y su aficción al teatro independiente. Ramón el escritor de fancines. Ramón el ilustrado y la quiosquera que le vendía el periódico. Ramón y la cajera del Caprabo.

Tácticas hay muchas y a cual más mala: al final la táctica es mierda, y solo vale simple y llanamente esa cadena de aciertos inconscientes necesarios para que las cosas salgan bien. Que son los que son -los pasos necesarios-. Estan ahi, delante de tus narices. Si los haces, uno tras otro, has ganado.

Decía Ramón con mucho pesar y una copa de Pampero en la mano:
Yo soy de planificar, y asi me luce el pelo. Creo que mi colección de relaciones-pústula se cuentan por puñados. Y sortear este camino es complicado, pues me he descubierto a mi mismo planificando cómo desplanificar mis momentos como don juan.

Muchas cosas me gustaban de Ramón. Cuando lo conocí en el curso de dibujo al natural me dio la impresión de ser un tio muy vivo e interesante. Pero resulta que no es tan original como yo pensaba. Ahora le ha dado por hablarme de sus antiguas relaciones. Me hace sentir desubicada. No sé que decirle. O está amargado o intenta hacerse el interesante conmigo. Son tantas las desdichas que me cuenta que a veces parece que se las invente. Con lo bien que había empezado todo... Va a ser hora de irse a casa. Esta noche no da para más. Que coñazo de tio. Vaya pérdida de tiempo. Y encima me han cerrado el metro...