Campeón de natación
Ignacio nació para la competición. A los quince años tuvo que marcharse a una captial de provincia a entrenar seis horas al día en una piscina profesional. Entrenador personal, masajista, psicólogo, todo lo que un futuro nadador profesional necesitaba. Ignacio nunca habría podido imaginarse cuando su padre lo inscribió en clases de natación que llegaría algun día a encontrarse en tal situación.
Juan, el padre de Ignacio, había sido nadador profesional en su juventud. Plata en un mundial, tuvo que retirarse por una tendinitis crónica en su hombro derecho. Juan veía en su hijo el vivo reflejo de si mismo en sus años mozos.
Ignacio siempre quiso tocar la guitarra, pero nunca le compraron una. Quiso salir de fiesta hasta las tantas de la mañana. Nunca se lo permitieron. Todos los regalos eran complementos deportivos. Videos deportivos. Máquinas de musculación. Todas las salidas eran hasta pronto, toda la comida era sana. Todo lo que hacía era supervisado por su padre.
Juan siempre estaba atento por el futuro prometedor de su hijo. No escatimaba gastos en cuestiones de deporte. No descuidaba ningún detalle a fin de que Ignacio no se saliese de la via de agua en la que se encontraba.
Ignacio se enamoró de Rosa, que vivía en su ciudad natal.
Juan obligó a Ignacio a marchar al centro de alto rendimiento de aquella lejana capital de provincia.
Ignacio dijo que no.
Juan sijo que sí.
Ignacio se fue un día a la playa, enfundado en su malla de natación, su ridículo gorro de plástico y sus gafas Speedo. Se zambulló en la orilla y nadó y nadó mar adentro durante horas. Estilo libre era su especialidad.
Juan se alertó ante el aviso de desaparición por parte de los responsables del centro de alto rendimiento.
Ignacio nadó todo lo que pudo hasta que se puso el sol. Su cuerpo se hundío en el fondo del mar, al igual que las lágrimas de desesperación de Juan en los surcos de sus mejillas.
Juan, el padre de Ignacio, había sido nadador profesional en su juventud. Plata en un mundial, tuvo que retirarse por una tendinitis crónica en su hombro derecho. Juan veía en su hijo el vivo reflejo de si mismo en sus años mozos.
Ignacio siempre quiso tocar la guitarra, pero nunca le compraron una. Quiso salir de fiesta hasta las tantas de la mañana. Nunca se lo permitieron. Todos los regalos eran complementos deportivos. Videos deportivos. Máquinas de musculación. Todas las salidas eran hasta pronto, toda la comida era sana. Todo lo que hacía era supervisado por su padre.
Juan siempre estaba atento por el futuro prometedor de su hijo. No escatimaba gastos en cuestiones de deporte. No descuidaba ningún detalle a fin de que Ignacio no se saliese de la via de agua en la que se encontraba.
Ignacio se enamoró de Rosa, que vivía en su ciudad natal.
Juan obligó a Ignacio a marchar al centro de alto rendimiento de aquella lejana capital de provincia.
Ignacio dijo que no.
Juan sijo que sí.
Ignacio se fue un día a la playa, enfundado en su malla de natación, su ridículo gorro de plástico y sus gafas Speedo. Se zambulló en la orilla y nadó y nadó mar adentro durante horas. Estilo libre era su especialidad.
Juan se alertó ante el aviso de desaparición por parte de los responsables del centro de alto rendimiento.
Ignacio nadó todo lo que pudo hasta que se puso el sol. Su cuerpo se hundío en el fondo del mar, al igual que las lágrimas de desesperación de Juan en los surcos de sus mejillas.